miércoles, 2 de octubre de 2013

No se habla con la boca llena

Martes de locos en la ciudad que me devora.
Dejo el auto, compro un par de facturas en L´epi. Me voy a la estación Tronador, del #SubteB, saboreando un exquisito pain au chocolat.

Llega el subte. Me subo. El vagón está lleno pero no tanto como otras veces. Una mujer lee La cena, de Herman Koch. La veo de lejos.

En el medio hay una pareja que conversa. Él le sostiene el necessaire con los maquillajes mientras ella se pinta. Se miran cómplices. Se acercan. Ella se termina de pintar y entonces se abrazan. Ese ligero movimiento amoroso permite que yo cambie de lugar y me acerque a la lectora. A su lado alguien juega con su celular al Candy Crush.





"El meñique del maître había señalado en primer lugar mi filete de gallina de Guinea envuelto en una loncha de tocino alemán, y luego había pasado a la guarnición: un montoncito de "discos de lasaña de berenjena con ricotta" ensartado en un palillo de cóctel, que más parecería un sándwich club en miniatura, y una mazorca de maíz ensartada en un resorte que, probablemente servía para coger la mazorca sin mancharse los dedos, pero tenía algo ridículo, o no, ridículo no es la palabra, sino más bien algo que pretendía ser divertido, como un guiño del cocinero o algo por el estilo."


De repente se oye un grito. A una mujer se le traba el pie al bajar. Todos gritan que no arranque. Corridas. Revuelo. Entretanto, la lectora levanta la vista un segundo y sigue con su lectura. El pie se destraba, pero sigue la angustia hasta que volvemos a escuchar la señal y las puertas se cierran. Alguien acompaña a la mujer a la salida de la estación. Arrancamos. Respiramos.





“La felicidad se basta a sí misma, no necesita testigos.”


 Herman Koch, La cena.


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